miércoles, 2 de marzo de 2011

Los tropiezos

¡Cuántas veces lo habré escuchado!... ¿Cientos?... no, eso es poco, pero olvidé contar las ocasiones. "Hay que aprender de los palos que te da la vida -por generalizar cosas que casi siempre suelen ser particulares-, hay que levantarse después de cada tropezón, y aprender".
Yo he aprendido.
Lo primero que aprendí fue que los palos nunca te los da la vida. Te los da el amigo, el esposo, la esposa, el hijo, el padre, el jefe, el vecino... pero nunca "la vida".
Después aprendí a no creer a los que dicen "te quiero". Siempre te engañan. Porque buscan algo de ti.
Más tarde, memoricé la lección de desconfiar de aquellos que te tienden la mano, por si en la otra tuvieran un palo escondido tras la espalda.
Posteriormente, he asimilado que hay que mirar de reojo a todos aquellos que pretenden acercarse a ti. Nunca sabes qué intenciones traen, y normalmente no son buenas.
Y todavía me siguen diciendo que los palos enseñan a crecer.
Dejémoslo en "enseñan".

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