jueves, 13 de enero de 2011

Por prohibir...

Me molesta profundamente cuando a un señor, cargado hasta el colodrillo de Ballantines o JB, se le mete entre ceja y ceja contarme toda su vida sin olvidar ningún detalle. Dudo que a un “no fumador”, como yo he sido, le moleste el humo de mi tabaco más que a mi las historietas del beodo con incontinencia verbal. Con la particularidad de que el “no fumador” puede irse sin llamar la atención, mientras yo no puedo hacerlo sin correr el riesgo de que la ebriedad provoque en mi interlocutor un ataque violento de susceptibilidad herida. Por otra parte, ¿quién me dice a mi que los efluvios de alcohol emanados por el que me ha pillado por banda en el bar, exhalados en dosis masivas cuando bamboleándose pega su rostro al mio y suelta la insoportable vaharada, no me convierten en bebedor pasivo?

Prohibamos pues la bebida en todas sus modalidades y en todos los lugares habidos y por haber, especialmente en bares, cafeterías y restaurantes. Ya se sacará el gobierno alguna estadística demostrando que con el dinero ahorrado al no tener que comprar vasos de tubo se compensa la disminución de clientes.

¿Y qué decir de los obesos?... Por favor, que prohiban ser obeso. El que quiera ser obeso que lo sea en su casa, pero no fuera de ella. Daos cuenta de que cada vez que un obeso se sienta en una sala de espera ocupa asiento y medio, obligándome a torcer el cuerpo en mi medio asiento restante, de forma que mi columna corre el riesgo de sufrir un daño irreparable. Además, sudan de manera compulsiva, por lo que, cuando les das la mano, te provocan un chorreo de sudor en la tuya que resulta mucho más molesto que aspirar el humo de los cigarrillos que fuman otros. Con este chorreo viscoso, por supuesto, sus grasas exudadas quedan impregnadas en mi miembro, con lo cual me convierto en sujeto expuesto a un alto riesgo de quedarme con ellas, absorbidas por mi piel, y volverme obeso pasivo. No voy, aunque debería, a entrar en el coste que soportamos todos para sufragar los gastos ocasionados a la seguridad social por los frecuentes fallos cardiacos que sufren estos señores. Pido, pues, que se prohiba la obesidad taxativamente. Y si alguien no cumple... ¡multazo de 600.000 euritos, que al gobierno le vendrían de coña!

Prohibamos también los automóviles. Nadie puede negar que constituyen un peligro evidente. Yo, que no estoy en posesión del carné de conducir, me reconozco víctima del síndrome de conductor pasivo. Por un lado, cada vez que salgo a la calle he de caminar con extremo cuidado a fin de no perecer súbitamente a causa de un conductor que odia pisar el pedal del freno. Sin ir más lejos, hace unos años, paseando con mi familia por una acera, supuestamente segura, un conductor pasó, por encima de ella rozando, a gran velocidad, a mi hijo pequeño, de 8 años. Si me dan a escoger entre una muerte rápida a los 8 años, atropellado por un conductor y una muerte lenta a los 75, víctima de que ese conductor fume constantemente en presencia de mi hijo, prefiero lo segundo, por muy molesto que pueda resultar. Y si vamos a las molestias, les puedo asegurar que todas las noches me despiertan los conductores de los camiones recolectores de basura, desquiciando mi sistema nervioso. Echemos cuentas y comparemos las muertes anuales por tabaquismo -normalmente provocadas por la libertad del individuo a ser fumador y jugarse su propia vida- y las muertes por atropellos, imprudencias, excesos de velocidad... que nadie elige de forma voluntaria.

Prohibamos, en fin, el matrimonio. Por todos sus daños colaterales. ¿Cuántos niños son, hoy en día, víctimas pasivas del matrimonio? ¿Cuántos maridos son despojados por esposas despiadadas de todas sus posesiones materiales y, en algunos casos, hasta espirituales?... Yo, como todos esos niños dañados para toda su vida, me declaro víctima pasiva del matrimonio. Prohibámoslo.

Vamos a prohibir, señores... prohibamos todo aquello que realmente cause un daño brutal... y después, si todavía nos quedan ganas de seguir prohibiendo naderías, prohibamos fumar.

No hay comentarios: