lunes, 11 de octubre de 2010

Sobre el dolor

Existe una persona que, a pesar del tiempo transcurrido y de la ya evidente obsolescencia del tema, continúa escribiéndome para insistir en que mi dolor no existe, que sólo se trata de autocompasión. Y esta persona, hermano por nacimiento, continúa en su empeño de hacerme ver que debo dejar de autocompadecerme.
Por más que le informo sobre el fallecimiento y entierro subsiguiente de tal dolor, que en su momento sí me aquejó, no es capaz de darse por enterado del óbito acaecido, en su tenaz persistencia por mantener vivos asuntos pasados, vivencias que han alcanzado el estado de cadáveres. No es capaz de entender la simpleza de un "soy feliz", de un "vivo sereno"... da la impresión de que no entendiera conceptos tan sencillos, y no ceja en su manía persecutoria.
Hoy quiero, a tenor de este sinsentido, dejar aclarado un personal sentir del que estoy convencido.
El dolor espiritual, como tal, no existe en la objetividad. De hecho, creo que no existe realmente la objetividad, cuando menos a nivel de comprensión perfecta. Es, por supuesto, el dolor del alma, un hecho subjetivo, pero lo subjetivo vive en nosotros día tras día. Lo subjetivo es lo que nos lleva por la vida, lo que nos hace escoger un camino en lugar del otro. Y el dolor es también, efectivamente, una forma de autocompasión desde el momento en que nos afecta tan subjetivamente, y que es algo en lo que nos sumimos dándole la existencia al sentirlo, trayéndolo a la vida cada uno a su manera, creándolo por motivos que casi nunca lo merecen.
Pero, si no es mucho pedir, que alguien me explique: ¿cómo voy a decirle a una madre que pierde a un hijo que deje de autocompadecerse y viva su vida sin tener en cuenta la pérdida? ¿Cómo le digo que su dolor no es real y que se lo está creando ella sola, mientras su hijo ya es comida de gusanos y no hay que darle más vueltas?... ¿Cómo voy a exigirle a un padre que pierde a toda su familia, pongamos que en un accidente de automóvil, que continúe como si tal cosa, sin inmutarse, dándose cuenta de que cualquier dolor que pueda sentir no es más que algo subjetivo que, realmente, se llama "autocompasión", y que por tanto debe desecharlo de sus sentimientos? ¿Cómo decirle a ese padre y marido que se deje de gaitas y se venga al cine que acaban de estrenar la última de RobertRodríguez y sale Jessica Alba en pelotas?...
Hay gente que no entiende nada. Y les basta leer algo sobre la nueva espiritualidad para sentirse en posesión de la verdad. Hay gente que, desde su trono inmaculado, desde su vida plácida, se permite echar en cara su sufrimiento a los que han sufrido. Y, lo más lastimoso, es que lo hacen plenamente convencidos... hasta que les toca a ellos.
Hoy pido a esa gente que se calle. Que no hable hasta que, en sus propias carnes, demuestre que es capaz de, con toda su sabiduría recién adquirida, superar con estoicismo esa "autocompasión", hasta que pongan de relieve ante todos su capacidad de vivir con alegría y sin pesares la pérdida de sus seres más queridos.
Hoy quiero reivindicar que, con todas nuestras grandezas y nuestras miserias, todavía somos humanos. Y vivimos de la subjetividad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

En una sociedad que huye del dolor y oculta la muerte, yo reivindico a ambos como principales aliados a la hora de sentirse vivos.