Ayer leí un artículo periodístico, y hasta hoy no he podido elevar mi quijada, especialmente por aquello de las moscas que suelen entrar, ni desengarfiar mis dedos para que la suavidad imperase sobre el teclado. Lo resumo:
Una señora decide separarse. Y acude al juzgado de violencia contra la mujer para ello. Con el testimonio de sus dos "hermanas" y ningún otro, ni pruebas, ni denuncias previas, acusa al marido de maltrato. La jueza -que era jueza, faltaría más...- decide que es suficiente y dictamina el alejamiento del marido y la terminante prohibición de ponerse en contacto con la mujer por ningún medio, basándose en que "en caso de ausencia de certezas, tiene la potestad de creer lo que le de la gana y dictar sentencia según le salga del chochete o del pijo, según el caso", casi literalmente enunciado así por la ley. El marido, desde ahora y, presumiendo su inocencia hasta que no se demuestre lo contrario, víctima de esta ley degenerada que pende sobre nuestras cabezas, baja a la cabina que tiene al lado de su nuevo domicilio y llama al móvil de su mujer. Las palabras, textuales, fueron: "Te quiero, te quiero, escúchame, te quiero". La mujer, según ella dice, se encontraba en casa de su madre y colgó después de gritarle "No puedes llamarme. Déjame". Os dejo ahora un minuto o dos para que calibréis la situación... ¿ya?... bueno, pues al marido le han caído "seis hermosos meses seis" de cárcel, a dos meses por cada "te quiero". Declaraciones de testigos afirman, por un lado, que en ese momento el marido estaba viendo un partido de fútbol con unos amigos y, por otro, el padrino que fue de la boda, que la antedicha mujer llevaba más de diez años sin hablarse con su madre.
Puestos a valorar el resultado habido, yo habría preferido llamarle zorra e hija de la gran puta hasta que me picase la garganta. Por lo menos me habría ido a la cárcel más a gusto. Eso si, el marido debe darse cuenta de que, por mucho que pueda quererla según mantienen que le dijo, su mujer debe estar hecha de la mismísima piel de Barrabás y mejor lejos que cerca. Que no la llame más. No merece que se pase por ella ni un día de calabozo. Pero lo peor de todo esto, lo que verdaderamente me indigna hasta sacar de mi los peores instintos asesinos, hasta ser capaz de visualizar hachas de doble filo incrustadas por ambos filos al tiempo en cráneos de seres rastreros, es pensar que lo único que hace esa mujer es aprovechar toda la parcialidad de la ley, toda la estupidez de la ley, toda la degeneración de la ley y de quienes la practican.
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